Showcase nº 03: El Fantasma Desconocido

Titulo: Hombre Omega
Autor: Jerónimo Thompson
Portada: Jesus Gonzalez
Publicado en: Junio 2006

La muerte no es final... es solo el principio del viaje más alucinante de todos. Y, si tienes suerte, encontrarás a alguien que te guíe en tu camino... aunque sólo sea un Extraño.
Nadie conoce su origen o su nombre. Para todos no es más que una sombra que acompaña a los hombres desde el principio de los tiempos. De entre la niebla siempre surgirá para ayudarnos a derrotar a las fuerzas oscura del Mal pero nunca podrá relacionarse con nosotros. Ese ha sido y siempre será su destino. Él es...
Creado por John Broome y Carmine Infantino
Sólo pienso en correr. Correr con toda la energía que pueda extraer de estas piernas inmóviles. Mi corazón se agita violentamente en el pecho, pero la sangre no circula por mis venas. Mi voluntad, mi determinación, ¿mi vitalidad?, se concentran en el movimiento -el movimiento no existe; ni siquiera es una ilusión, puedo darme cuenta-.
¿Dónde estoy?, me pregunto. Miro sin ojos a mi alrededor: un largo y estrecho pasillo débilmente iluminado. Me resulta familiar su olor a polvo y aspecto de finales del siglo XIX, sin embargo no logro situarlo en ninguna casa que recuerde.
Y tras de mí –de mí: yo, todavía soy yo- hay algo cuya apariencia ignoro, pero que provoca en mi mente el más puro e incontrolable terror. Tengo miedo; está a escasos metros de mi espalda –no siento nada, ¿tengo una espalda?- y debo huir. Tengo que huir. Quiero correr como si toda mi existencia dependiera de ello.
Soy incapaz de volver mi rostro para descubrir su presencia. No lo necesito. Sé que está ahí.
Mis piernas no se mueven, pero muy lentamente comienzo a avanzar por el pasillo –no me sigas, no me sigas, no me sigas-. Los pensamientos se agitan en desorden incontrolado, como chispas escapando de una hoguera; mi mente, vuelta del revés.
He llegado al final del pasillo y veo un interruptor al alcance de mi mano. Luz, pienso, sí, la luz acabará con todo: destierro para el terror; exilio para el dolor –nada duele, ¿por qué no duele?-.
Mi mano no se ha movido, pero está sobre el interruptor. Con ansia apenas contenida lo presiono. Y lo vuelvo a presionar. Mi corazón da un vuelco inmóvil en su inmóvil prisión: la luz no aparece y la penumbra sigue conmigo.
Pierdo el control. Está tras de mí y no puedo escapar. Me precipito hacia delante –mis piernas siguen inmóviles- con desesperante lentitud, doblo la esquina del final del pasillo y veo lo que mis ojos ya sabían que iban a encontrar: una escalera infinita de pendiente imposible y escalones ridículamente estrechos. No puedo ver su fin en el fondo del abismo –el pasillo, la casa, han desaparecido: sólo existe el abismo-.
Dudo. Encuentro la resolución en mi interior. Vuelvo a dudar. Siento su respiración en mi nuca. Me arrojo hacia la escalera. No puedo mantener el equilibrio en mi bajada. Caigo al vacío. Floto. Vuelo.
Despierto.
Despierto gritando. Todos gritamos aquí.
Sorprendido, me doy cuenta de que mis pensamientos fluyen de forma organizada. Hace tanto tiempo que perdí la cordura y mi capacidad para distinguir el sueño de esta vigilia innatural, que me incomoda este encuentro imprevisto conmigo mismo.
Lo recuerdo todo. Una vida absurda, que vacía de sentido no llegó siquiera a ser trágica. Un anodino deambular por el mundo, insensible a todo estímulo interno o externo. Y después la muerte.
De alguna forma fui consciente de la llegada de la ambulancia, el paso por el tanatorio y mi traslado a este acolchado ataúd a dos metros bajo tierra. No escuché ni vi nada, claro, al fin y al cabo estaba muerto, pero supe en todo momento lo que estaba ocurriendo.
Entonces esperé. La tierra cayó sobre mi caja hasta cubrir por completo la fosa; los pocos conocidos que acudieron a mi funeral se marcharon a sus casas. Y seguí esperando. ¿Cuándo iba a empezar todo?: alguna luz blanca que me guiara hacia el paraíso; o quizá abismos infernales en los que me viera arrojado para sufrir los castigos más indescriptibles. En fin, ALGO que me sacara de este maldito lugar.
En las primeras horas, o quizá días, que pasé aquí me sorprendí varias veces al escuchar una especie de canto lejano. Recuerdo haber sonreído sin boca en mi vacío gris: ¿quizá la muerte está dotada de hilo musical? Mi sonrisa se congeló pronto al percatarme de que no era un canto, sino un lamento desesperado entonado por multitud de lejanas voces inarticuladas.
El tiempo siguió posándose en mi fosa, hasta que un buen día –¿un buen día?-, todo cobró sentido; como si el secreto hubiera estado siempre ahí, esperando que lo descubriera.
La muerte no era el fin de la existencia, como ya había podido comprobar; ni tampoco la puerta a un nivel superior o inferior. No. La fuerza del intelecto es tal que sobrevive a la degeneración del cuerpo; permanece activa, preparada para cualquier nueva situación que pueda presentarse. Sin embargo aquí surge el problema: no existe ninguna nueva situación. No hay otro lugar donde ir. Nada salvo el mundo material. La única opción que nos queda es cobijarnos en lo más hondo de nuestro viejo cascarón físico, encerrados por toda la eternidad.
¿Qué posibilidad tengo de conseguir el olvido?, me preguntaba. ¿Con qué medios puede suicidarse algo inmaterial?
Entonces lo comprendí. Y tan pronto como lo comprendí, me uní a mis ocultos vecinos en su canto: su canto de locura. Gritando. Siempre gritando.
¿Por qué he recuperado ahora esta cordura que me atormenta?
Detengo mi grito.
Silencio.
El silencio me abraza, pero ya no sé corresponder. El silencio me asfixia oprimiéndome bajo su presión. El canto ha cesado. Las voces, inaudibles. ¿Por qué se han callado? ¿Acaso han perdido también su refugio en la locura? No puedo enfrentarme a esta condena eterna sin su apoyo. Me ahogo...
No estoy solo; puedo sentirlo. El pánico se apodera una vez más de mí, como ya ocurrió en mi sueño al sentir su presencia: está junto a mí. Estoy seguro de que podría tocarlo con sólo alargar una mano –si tuviera mano-.
Entonces comienzo a gritar otra vez. Se oculta en la penumbra gris. Y me habla:
-Abre los ojos-.
Su voz me golpea con la intensidad de una agresión física. Mi mente retrocede; mi nuevo grito se interrumpe.
-Abre los ojos- repite con voz cansada.
Con la inseguridad del recién nacido, levanto unos párpados de los que no sabía nada.
Caminaba lentamente, recorriendo con descuido un sendero que cruzaba el paisaje verdeazulado. Ligeras ráfagas de viento agitaban con suavidad olas concéntricas de hierba a su alrededor, como breves gotas de lluvia sobre la superficie de un mar esmeralda.
Extendiéndose por encima de su cabeza, un cielo amarillo carente de vida y nubes se fundía en el horizonte con el verde, haciendo imposible distinguir sus límites.
Se detuvo.
Observando detenidamente las numerosas flores que brotaban a sus pies, decidió tomar una de ellas entre sus manos. Se inclinó, y sujetándola con sólo dos dedos, la llevó hasta su boca y sopló: la pequeña flor violeta se elevó con delicadeza, mientras dos de sus pétalos crecían y se agitaban tornándose alas.
Siguió su camino. A su espalda, una flor libélula volaba sobre el océano sanguinolento que había sustituido al prado verdeazulado. Podía sentir la brisa marina acariciando los cabellos canos de su nuca, al tiempo que balanceaba el sombrero de ala que cubría su cabeza.
Al concluir su descenso por la ladera de una pequeña colina se detuvo una vez más. Levantó su mirada observando el cielo con calma: el viento había cambiado (o quizá todo lo demás) transportando en su movimiento nubes color carbón. Al bajar los ojos hacia sus pies, contempló con cierta sorpresa que se encontraba en el límite de un acantilado de altura vertiginosa. Desde su elevada posición podía ver olas ensangrentadas rompiendo furiosamente contra las rocas que surgían del fondo del abismo con la indiferencia que impone el hábito.
-Tú eres el Enviado- señaló con pereza una grave voz nasal.
Girando su cabeza hacia el lugar de donde procedía la voz, descubrió un pequeño sapo marrón que le observaba con ojos distraídos desde un peñasco granítico a un metro escaso de su posición.
-Saludos Etrigán- respondió deteniéndose en cada de una de las palabras que pronunciaba. -Has elegido un aspecto ciertamente curioso para presentarte-.
-Bueno, ya sabes, el aburrimiento puede llegar a sugerirte ideas muy extrañas-.
-Eso es cierto- replicó permitiendo que aflorara una leve sonrisa en su rostro. -¿No acostumbran los Demonios de tu rango a expresarse en rima?-.
-Acostumbraban- murmuró Etrigán. -¿Cuánto hace que no visitas este lugar? Todas esas tonterías se acabaron hace mucho tiempo... como todo lo demás-.
Las nubes, cada vez más oscuras, cubrían el cielo antes amarillo. El Demonio siguió hablando:
-No te conozco Enviado, aunque debo señalar que tú también vistes de modo singular-.
El recién llegado levantó con su mano enguantada un extremo de su capa azul, mostrando el impecable traje de chaqueta del mismo color que ocultaba bajo ella.
-Pensé que era una ocasión oportuna para recuperar mi antiguo aspecto-, y fijando su mirada en los ojos de Etrigán añadió: -¿No te acuerdas de mí?-.
El sapo escrutó detenidamente las sombras que arrojaba el ala del sombrero sobre los ojos del visitante.
-Estoy muy cansado, Enviado. Incluso el Tiempo tiene dificultades para arrastrarse por aquí en estos días... Dime quién eres-.
–Recibí muchos nombres durante mis primeros años de caminar; algunos más afortunados que otros, debo reconocerlo: El Errante, El Que No Tiene Hermanos, El Fantasma Desconocido… Sin embargo, no soy capaz de recordar la última vez que alguien se dirigió a mí por cualquiera de ellos-.
Etrigán se incorporó sobre sus ancas traseras.
-Ah, por supuesto... Ahora te recuerdo; pero hace mucho que te daba por perdido, Errante-.
-Tenías motivos para hacerlo: tras la tercera Crisis me vi obligado a abandonar la Tierra y sus Niveles Periféricos, y comencé mi viaje a través de lugares intransitados por mortales o demonios... Hasta hoy-. El Fantasma Desconocido hizo una pequeña pausa antes de continuar: -He acudido a la Llamada. Hoy se cumplirá mi Destino y por fin seré libre. Descanso eterno...-.
El sapo jugueteaba con su larga lengua intentado lamer su trasero.
-Bien, Etrigán. ¿No deberías indicarme el camino?-.
-Efectivamente. Ésa es la única razón que me retiene aquí todavía- dijo dando un pequeño salto que lo situó en el borde de la cornisa. –Salta y encontrarás al Último-.
El Fantasma Desconocido observó pasivamente el abismo escarlata que se abría a sus pies. Ya no se encontraban en lo alto del acantilado; mientras hablaban, sus paredes rocosas se habían extendido y cerrado sobre sí mismas para formar una especie de embudo de vastas proporciones en cuyo fondo seguían bullendo las aguas enrojecidas. Al levantar su cabeza, pudo ver cómo estas mismas paredes de piedra oscura subían a su alrededor hasta perderse en las nubes negras de las alturas.
-El Infierno es más inestable de lo que recordaba, Demonio- comentó el Errante con curiosidad.
-Incluso un lugar como éste sabe en qué momento las cosas dejan de importar-.
El Fantasma Desconocido alzó ligeramente los hombros por toda respuesta.
-Gracias Etrigán- añadió a continuación.
-¿Qué más da, Errante?-.
Cuando volvió sus ojos hacia el batracio, éste ya había desaparecido.
El Errante se dejó caer desde la cornisa. Mirando hacia abajo observó que el oleaje aprisionado comenzaba a dejar al descubierto en su retirada nuevos escollos. Mientras continuaba su lento descenso, sustentado por fuertes vientos verticales soplando desde el abismo, pudo apreciar con mayor precisión estas nuevas elevaciones del lecho antes marino: frente a la firmeza de las paredes que rodeaban aquella porción robada al mar, el fondo parecía mostrar ahora una consistencia blanda, de color enfermizo, recubierta por algún tipo de sustancia gelatinosa.
Cuando finalmente concluyó su caída, el agua había desaparecido por completo, sustituida por una masa de vísceras sanguinolentas de tamaño imposible, entremezcladas en un amasijo intestinal que abarcaba todo su campo de visión.
Recogiendo sobre su cuerpo los pliegues de la capa con ambos brazos, se zambulló en aquel mar putrefacto impulsándose con movimientos que imitaban el avance ondulante de un pez nadando en aguas marinas. Su sombrero quedó abandonado sobre la superficie de aquella masa viscosa.
El Errante se movía sin prisa entre aquellos gruesos intestinos de no más de metro y medio de ancho, que se pegaban con blandura a su cuerpo y su rostro. Un intenso olor a bilis y alimentos parcialmente digeridos sofocaba su respiración entrecortada, pues aunque no necesitara respirar, en ocasiones se le hacía difícil ignorar sus percepciones físicas.
Tras un tiempo indeterminado deslizándose entre las vísceras, se detuvo frente a una de ellas. Su pared mucosa le pareció menos gruesa que aquellas otras que le rodeaban, y a través de ella pudo apreciar una luz tenue y algo parpadeante que surgía desde el interior.
Sin detenerse más tiempo, clavó sus manos en su superficie recibiendo chorros de sangre en la cara mientras desgarraba tejidos. Consiguió abrir una abertura lo suficientemente grande como para permitir su paso, y se deslizó por ella impulsándose hacia el interior.
Tendido sobre el suelo carnoso, se deshizo de la capa empapada en sangre a medio coagular que entorpecía sus movimientos. Mientras se incorporaba observaba el estrecho pasillo, cuya altura apenas le permitía erguirse cuan largo era. Mirando a un lado y otro, decidió caminar hacia su derecha.
Avanzó durante un tiempo tan subjetivo como indeterminado, pisando el blando suelo encharcado con fluidos biliares hasta alcanzar una gran protuberancia de la pared, que caía hacia el interior del pasillo bloqueando su paso.
El Fantasma Desconocido se aproximó hacia ella, la aferró firmemente con ambos manos y comenzó a tirar. La carne pálida se estiró sin desgarrarse, ofreciendo obstinada resistencia. El Errante insistió plantando uno de sus pies contra la pared.
Muy lentamente comenzaron a abrirse fisuras, que pronto se convirtieron en heridas de mayor tamaño, de las cuales fue derramándose gran cantidad de sangre que se acumuló sobre sus pies, empapándolos. El Errante siguió tirando hasta arrancar el quiste, que dejó caer sobre el suelo carnoso.
Observó el bulbo supurante durante unos instantes, posó su mano derecha sobre la superficie cálida y palpitante, e introdujo hasta la mitad de su brazo, abriéndose paso con esfuerzo.
Tanteó la masa gelatinosa del interior con sus dedos hasta encontrar finalmente lo que buscaba. Lo sujetó con decisión y tiró hacia fuera.
Aferrado por la muñeca, surgió el brazo fláccido de un hombre.
El Fantasma Desconocido tiró de él hasta descubrir la cabeza, el torso y el resto de su cuerpo delgado y sin vida, que cayó inerte junto a sus pies. Sujetando con firmeza su hombro, le dio varias bofetadas hasta que consiguió que aquel hombre comenzara a gemir.
Entonces se dirigió al caído:
-Abre los ojos-.
Al principio pienso que estoy ciego; perdido en un vacío gris, irreal.
Sin embargo, pronto soy consciente de la dureza del suelo sobre el que apoyo manos y rodillas. No es una ilusión: se encuentra allí de verdad, hiriendo las yemas tiernas de mis dedos y la piel de unas piernas temblorosas.
Mis ojos se van adaptando lentamente al entorno; la piedra caliza que tocan mis manos comienza a tomar forma en estas retinas desacostumbradas a la luz.
Entonces veo sus zapatos.
Reacciono bruscamente, retrocediendo asustado con la pobre ayuda que pueden ofrecer mis extremidades debilitadas.
-No tengas miedo- comienza a decir la misma voz cansada que sólo unos minutos antes insistía en que abriera los ojos. –Tu condena ha terminado-.
Aún replegado en el suelo, con mi cuerpo hecho un ovillo, levanto mis ojos hacia él. Su rostro está oculto en las sombras proyectadas por el sombrero de ala que cubre su cabeza; viste una capa de color azul ocultando el resto de su cuerpo.
-¿Quién eres?- pregunto con voz ronca e insegura; la garganta me duele al forzar las cuerdas vocales.
El Hombre de la Capa me sonríe cuando contesta:
-Soy el que te acompañará en la última etapa de tu viaje-.
Sus palabras no me dicen nada. Buscándoles un significado, miro alrededor con curiosidad olvidada: un páramo desolado; piedra caliza bajo un cielo gris sin nubes.
-¿Dónde estoy?-.
El Hombre de la Capa me muestra el paisaje circundante con un rápido movimiento de su mano enguantada.
-En el Infierno… ¿no lo sabías?-.
Me cuesta respirar, incapaz de aceptar lo que dice.
-No existe el Cielo ni el Infierno…- comienzo a decir repitiendo una vez más la verdad aterradora que descubrí hace ya tanto tiempo. Sin embargo, me detengo al recapacitar: -Pero entonces… ¿qué hago aquí? ¿Estoy soñando una vez más?-.
-Créeme- continúa el Hombre de la Capa, –no estás sufriendo ningún tipo de alucinación. El Infierno es real; tan real como tu condena-.
-¿Cómo es posible?- grito aturdido. –Nunca llegué a salir de mi tumba; ni he visto demonios, ni fuegos eternos…-.
-Nadie percibe el Infierno de la misma manera. Simplemente encontraste lo que esperabas-.
Todo este tiempo, todo este sufrimiento… Dios…
-No le des más vueltas; no merece la pena. Como te decía, tu condena ha terminado-.
Apenas consigo centrar mis pensamientos, abrumado por sus palabras.
-Un momento… ¿quién eres tú, entonces? ¿Lucifer?-.
El Hombre de la Capa me sonríe con calidez.
-No, por supuesto que no. Sólo soy un Enviado. Desde mucho antes de que tú nacieras hasta hoy, he recorrido todos los planos de la Creación sin que nunca me fuera permitido establecerme en cualquiera de ellos. Ésa fue mi condena: vagar sin descanso hasta el Fin de los Tiempos-.
-Y... ¿qué quieres de mí?-.
-Los Señores del Infierno están muy atareados con los preparativos finales; me ha sido encomendado recoger al Último y cerrar el Infierno-.
Profundamente confundido, clavo mi mirada en su rostro medio oculto por las sombras.
-¿Cómo?-.
-Bienvenido al Fin de los Tiempos: la Creación ha consumido el tiempo que le fue otorgado y es hora de que el Infierno se clausure. El Último me acompañará y yo cerraré la puerta tras él –añade mientras saca de un bolsillo interior de su capa una llave alargada y dentada hecha de hueso. –Todos se han ido ya; sólo quedamos nosotros-.
Se me ocurren cientos de preguntas que hacerle, pero sólo una consigue articularse en mis labios:
-¿Por qué soy yo el último? ¿Qué me hace tan especial?-.
-No hay nada especial en ser el Último. Sencillamente te encontrabas en una de las zonas más profundas y aisladas del Infierno, y todos se han ido antes que tú-.
El Hombre de la Capa se agacha flexionando sus rodillas y me ofrece su mano abierta.
-Ven conmigo. Aún nos queda un largo camino por recorrer-.
-¿Hacia dónde?-.
-No querrás que te estropee la sorpresa, ¿verdad?- responde sonriéndome una vez más.
Por primera vez en toda una eternidad, mis labios se curvan en una breve sonrisa y tomo su mano con fuerza.
Fin.
Nota del Editor:Bienvenidos a SHOWCASE, serie compuesta por números autoconclusivos o como mucho, arcos argumentales de dos números dedicados a diferentes personajes del Universo DC y ambientadas en cualquier época. Esta serie no pertenece a un único autor y esta abierta a todo aquel que quiera participar. ¿Alguna vez has pensado que te gustaría colaborar en Action Tales pero no tienes el tiempo suficiente para encargarte de una serie? ¿Tienes alguna historia en mente con algún personaje del Universo DC que te gustaría escribir? Este es tu sitio.
SHOWCASE te permitirá jugar con personajes “cogidos” por otros autores y que tienen serie propia en Action Tales. Tan sólo tienes que seguir unas sencillas reglas:
1. HISTORIAS QUE NO REQUIERAN CONTINUIDAD.: Historias icónicas, que el lector no tenga que leerse nada de antemano para entenderla. Tu historia debe de respetar la continuidad del universo DC y de Action Tales. Esto no es un “What if?” o un “Otros Mundos”, las historias deben de estar integradas en el Universo DC y deben de poder leerse por separado.
2. DIFERENTES PERSONAJES EN DIFERENTES EPOCAS: Pues eso, se puede escribir historias ambientadas en cualquier época del universo DC sobre cualquier personaje o grupo (héroes, secundarios o villanos). Puedes escribir historias ambientadas en la actualidad o en la época en la que Supermán no estaba casado, Barry Allen era Flash, Batman lideraba a los Outsiders, la Liga de la Justicia tenía su base en un satélite… Tú imaginación pone el límite. Sólo recuerda, las historias deben de ser icónicas, sin continuidad por lo que recomendaría encarecidamente que no estuvieran ligadas a “eventos” concretos.
3. NÚMEROS AUTOCONCLUSIVOS: Para favorecer la variedad de la serie, las historias deberán de ser autoconclusivas o como mucho, arcos arguméntales de DOS números. Si tu historia requiere más espacio, lo mejor es que le dediques una miniserie fuera de esta serie.

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